Los desastres pueden dejar a los niños atemorizados, confusos e inseguros. Ya sea que el niño haya experimentado un trauma en persona, lo haya visto simplemente en la televisión o haya escuchado a adultos hablar del desastre, es importante que los padres y los maestros estén informados y listos para ayudar si comienzan a presentarse reacciones a la tensión emocional.
Los niños pueden responder a un desastre demostrando temor, tristeza o problemas de comportamiento. A veces, los más pequeños vuelven a hábitos de conducta que ya habían dejado atrás, como orinarse en la cama, tener problemas para dormir y mostrar angustia ante la separación. Los niños mayores pueden mostrar enojo, agresión, tener problemas escolares o encerrarse en sí mismos. Algunos niños que sólo tienen contacto indirecto con el desastre, pero que lo presencian por televisión también pueden quedar afectados.
Para muchos niños, las reacciones ante el desastre son breves y representan actitudes normales hacia “sucesos anormales”. Una cantidad menor de niños corren el riesgo de sufrir trastornos psicológicos más duraderos como función de tres factores principales de riesgo:
En la mayoría de los casos, y dependiendo de los factores de riesgo mencionados anteriormente, las respuestas preocupantes son temporales. En la ausencia de una amenaza grave a la vida, lesiones, pérdida de seres queridos o problemas secundarios como la pérdida de la casa, mudanzas, etc., los síntomas disminuyen generalmente con el tiempo. En el caso de quienes estuvieron directamente expuestos al desastre, todo lo que se lo recuerde, como los vientos fuertes, humo, cielos nublados, sirenas u otros recordatorios, puede provocar que vuelvan los sentimientos perturbadores. Tener antecedentes de algún tipo de suceso traumático o estrés severo puede contribuir a estos sentimientos.
La manera en que los niños reaccionan ante un desastre o una emergencia se relaciona estrechamente con la forma en que sus padres manejan la situación. Los niños perciben los temores y tristeza de los adultos. Los padres y adultos pueden hacer que los desastres resulten menos traumáticos para los niños si toman medidas para manejar sus propios sentimientos y elaboran planes para sobreponerse. Los padres son casi siempre la mejor fuente de apoyo para los niños después de un desastre. Una forma de establecer un sentido de control y crear confianza en los niños antes de un desastre es que participen y se interesen en la preparación del plan familiar para desastres. Después del desastre, los niños pueden colaborar en el plan familiar de recuperación.
A continuación se enumeran las reacciones comunes en los niños luego de un desastre o acontecimiento traumático.
Del nacimiento a los 2 años. Cuando los niños todavía no saben hablar o apenas
comienzan a expresarse y experimentan un trauma, no tienen palabras para describir
el suceso o sus sentimientos. Sin embargo, conservan recuerdos de imágenes,
sonidos u olores determinados. Los bebés pueden reaccionar ante el trauma
mostrándose irritables, llorando más de lo acostumbrado o queriendo que los lleven
en brazos y los mimen todo el tiempo. La mayor influencia en los niños de esta
edad es la actitud de sus padres. Cuando los niños crecen, en sus juegos pueden
representar elementos del suceso traumático que ocurrió varios años atrás y en
apariencia había quedado en el olvido.
Preescolar—de 3 a 6 años. Los niños en edad preescolar a menudo se sienten
indefensos e impotentes ante un suceso abrumador. Debido a su edad y tamaño
pequeño, carecen de la capacidad de protegerse a sí mismos o a los demás. Como
resultado, sienten un gran temor e inseguridad respecto a quedar separados de
las personas que los cuidan. Los pequeños en edad preescolar no comprenden el
concepto de pérdida permanente. Para ellos, las consecuencias son reversibles o
permanentes. En las semanas posteriores a un suceso traumático, los niños en edad
preescolar recrean en sus juegos el incidente o desastre una y otra vez.
Edad escolar—de 7 a 10 años. El niño en edad escolar posee la capacidad de
comprender la permanencia de la pérdida. Algunos niños se preocupan mucho por
los detalles de un suceso traumático y desean hablar constantemente de ellos. Esta
preocupación puede afectar la concentración del niño en la escuela y provocar una
baja en su rendimiento académico. En la escuela, los niños pueden oír información
imprecisa que comentan sus compañeros y exhibir una amplia gama de reacciones:
tristeza, miedo generalizado o temores específicos de que el desastre vuelva a ocurrir, sentimientos de culpabilidad por haber actuado o no haber actuado durante el
desastre, enojo por que no se impidió el suceso o fantasías de ser héroes.
De la preadolescencia a la adolescencia—de 11 a 18 años. A medida que los niños
van creciendo, adquieren una comprensión más compleja del desastre. Sus respuestas
se parecen más a las de los adultos. Los adolescentes pueden comportarse
de manera peligrosa o arriesgada, como conducir de manera imprudente o consumir
bebidas alcohólicas o drogas. Otros se muestran temerosos de salir de casa
y evitan actividades que antes realizaban. Buena parte de la adolescencia se centra
en ubicarse en el mundo. Después de un trauma, la visión del mundo puede parecer
más peligrosa e insegura. El adolescente se siente abrumado por emociones intensas,
pero no puede hablar de ellas con los demás.
El comportamiento, ideas y sentimientos de los adultos influyen en las reacciones
de los niños. Los adultos deben alentar a los niños y adolescentes a compartir
sus pensamientos y emociones respecto al incidente. Aclare los malos entendidos
respecto al riesgo y el peligro; escuche las inquietudes de los niños y responda a
sus preguntas. Mantenga una sensación de calma y valide las preocupaciones y
percepciones de los niños y hable con ellos sobre planes concretos para garantizar
su seguridad.
Escuche lo que le dice el niño. Si un niño pequeño hace preguntas sobre el suceso,
responda con sencillez sin la elaboración necesaria para un niño mayor o un adulto.
Algunos niños se tranquilizan al saber más o menos información que otros; decida
qué nivel de información necesita su hijo en particular. Si el pequeño tiene dificultades
para expresar sus sentimiento, permita que haga un dibujo o cuente una historia de lo que ocurrió.
Trate de comprender qué es lo que causa la angustia y el miedo. Recuerde que después de un desastre, lo que más temen los niños es que:
Las siguientes sugerencias son para tranquilizar a los niños:
Si ha tratado de crear un ambiente tranquilizador, según las indicaciones anteriores,
pero su hijo continúa muy tenso, o si las reacciones empeoran con el tiempo
o afectan el comportamiento diario en la escuela, el hogar o con otras relaciones,
tal vez convenga consultar a un profesional. Puede conseguir ayuda profesional del
médico de cabecera del niño, un proveedor de salud mental especializado en las
necesidades de los niños o un clérigo.
La cobertura noticiosa relacionada con un desastre puede suscitar temor y confusión y despertar angustia en los niños. Esto es especialmente válido en desastres a gran escala o ataques terroristas que provocan muchas pérdidas materiales y de vidas humanas. Especialmente con los niños pequeños, las imágenes repetitivas de un suceso pueden hacer que ellos crean que el suceso se repite una y otra vez.
Si los padres permiten que los niños vean la televisión o usen el Internet, donde aparecen imágenes o noticias sobre el desastre, los padres deben acompañarlos para estimular la comunicación y dar explicaciones. Esto puede incluir que los padres supervisen y limiten como consideren conveniente su propia exposición a la información que provoca angustia.
Los padres ayudan a sus hijos cuando adoptan medidas para entender y manejar sus propios sentimientos y maneras de enfrentar la situación. Para hacerlo, deben crear y usar los sistemas de apoyo social de la familia, amigos, organizaciones y agencias comunitarias, instituciones religiosas u otros recursos que sean de utilidad para la familia. Los padres pueden crear sus propios sistemas de apoyo social únicos para que en caso de emergencia o cuando ocurra un desastre puedan recibir apoyo y ayuda para manejar sus reacciones. Como resultado, los padres podrán dedicarse más a sus hijos y estarán mejor capacitados para apoyarlos. Casi siempre, los padres son la mejor fuente de apoyo para sus hijos en épocas difíciles. Pero para apoyarlos, los padres necesitan atender sus propias necesidades y contar con un plan de respaldo.
La preparación para un desastre ayuda a todos los miembros de la familia a aceptar el hecho de que los desastres ocurren, y brinda una oportunidad para identificar y recopilar los recursos necesarios para satisfacer las necesidades básicas después del desastre. La preparación ayuda; cuando la gente se siente preparada, enfrenta mejor los problemas, igual que los niños
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